Ante el aumento alarmante de los costos de financiamiento del gobierno federal, el Departamento del Tesoro tomó una decisión de emergencia que sacudió a los mercados internacionales: intervenir directamente mediante una histórica expansión de sus programas de recompra de deuda a largo plazo. El 19 de agosto, el Tesoro anunció un cambio drástico en su estrategia de mercado; duplicaría el tamaño máximo de sus operaciones de recompra de bonos gubernamentales a largo plazo (de 10 a 30 años) a por lo menos 40,000 millones de dólares, con un periodo de vigencia inicial del 9 de septiembre al 4 de noviembre. Por segunda vez en cuestión de semanas, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha realizado acciones intervencionistas en los mercados, primero para evitar una devaluación intensa del yen frente al dólar y ahora, aunque argumente que la medida es una herramienta necesaria para inyectar liquidez, los inversionistas sospechan, y algunos advierten, que se trata de un intento de enmascarar un problema fiscal insostenible que amenaza con erosionar la confianza global en el dólar. Es evidente que la intervención no es un acto preventivo, sino una respuesta de emergencia ante una severa tormenta en el mercado de renta fija. Las causas subyacentes combinan factores técnicos de corto plazo con desequilibrios fiscales estructurales. Por una parte, las tasas de interés del bono del Tesoro a 30 años escalaron rápidamente hasta alcanzar un 5.34%, su nivel más alto desde 2007. Paralelamente, el rendimiento del bono a 10 años —la tasa de referencia global libre de riesgo— rozó el 4.74 por ciento. Este aumento encareció de forma dramática el costo de emisión de nueva deuda para Washington, que ya alcanzó los 40 billones de dólares, equivalente al 124% del PIB, coincidiendo con un déficit fiscal del 6% del PIB. El volumen masivo de bonos que el Tesoro necesita colocar constantemente para financiarse superó con creces la demanda real de los compradores tradicionales. Las intervenciones del Departamento del Tesoro de Estados Unidos en los mercados cambiarios y luego en el mercado de bonos abren un nuevo espacio de incertidumbre y reviven los precios de varios activos que parecían sin futuro. Las monedas emergentes, el oro y las criptomonedas se han revitalizado a raíz de acciones que buscan evitar mayores alzas en las tasas de interés a mediano y largo plazo. En mi experiencia, estas intervenciones terminan fracasando. Se necesita mucha determinación y recursos para frenar a los mercados cuando deciden recargarse hacia un lado. El contexto también intensifica la actitud desafiante de otros gobiernos y entidades locales en EE.UU. frente a la administración Trump; la guerra en Oriente Medio continúa y escalan las tensiones comerciales con Canadá. Los inversionistas globales enfrentan un nuevo episodio de incertidumbre por la diversificación de activos y el debilitamiento del dólar; una mayor inquietud podría reprimir los rendimientos y traer semanas de retroceso. Por ahora, los bancos centrales difícilmente se manifestarán en Jackson Hole; habrá que ver si los participantes presionan los rendimientos y retan a la autoridad. Como siempre, las intervenciones casi nunca tienen éxito.